Pero lo de Arizona es trasladable a cualquier latitud en la que se produzca un choque de economías y culturas, entre los que viven bien o tienen cubiertas sus necesidades más básicas y los que quieren conseguir este objetivo, viniendo como sea, en patera o saltando las fronteras. Lo que ahora está sucediendo en Francia con Sarkozy y la población inmigrante, no es más que una reacción de los que nos se conforman con las desigualdades de una sociedad que beneficia a los del país, a los de siempre y penaliza a los recien llegados.
El fenómeno también lo hemos vivido aquí. Todo el mundo,- especialmente los llamados “progres”- es solidario con los que vienen de fuera. Pero eso sí, siempre que no le toquen el bolsillo a uno. Cuando la solidaridad exige apretarse el cinturón para repartir el pastel con otros ciudadanos inmigrantes, la solidaridad empieza a romperse.
Y es que, desgraciadamente, no puede haber bienestar, sociedad del bienestar, para todo el mundo. Lo que pueda haberse alcanzado en orden al nivel de vida de un país, es patrimonio de sus ciudadanos. Si ampliamos de forma indiscriminada la cantidad de beneficiarios, inexorablemente tendremos que empezar a recortar las ventajas sociales. Es evidente que estos últimos años hemos ido demasiado deprisa, aceptando a todo el mundo que quisiera venir a España. Y esto tiene un coste.
Lo estamos pagando.
1 de Agosto de 2010